Por: Melisa Gutiérrez Panza
politóloga (Uninorte)
“Yo soy apolítico”, “la política no me interesa”. Son frases que escuchamos con frecuencia, casi como un escudo para evitar cualquier debate. Una forma de decir “no entiendo y tampoco me importa”. Lo curioso es que esas palabras suelen salir sin pensarlo, como si la política fuera una opción y no una realidad que nos atraviesa. Pero la verdad es otra: la política no es un tema opcional, es la base sobre la que se sostiene todo lo que nos rodea.
Esa indiferencia, tan común y hasta socialmente aceptada, no es igual para todos. Solo algunas personas pueden permitirse decir que “la política no les interesa”, porque su contexto les da cierto margen para hacerlo. Son quienes tienen cubiertas sus necesidades básicas, quienes no temen por la luz en sus casas, por el agua que sale del grifo o por la seguridad de sus calles. Pero para la mayoría, la política es una cuestión de supervivencia diaria, porque sus decisiones —aunque parezcan lejanas— determinan si podrán comer, estudiar, trabajar o acceder a una atención médica digna.
La política define qué podemos pagar para comer y cuánto nos cuesta hacerlo. Determina si tenemos agua, luz y gas en casa, la calidad de la educación a la que accedemos, la atención médica que recibimos y el salario que percibimos. Incluso influye en la forma en que nos vestimos o nos comportamos socialmente. Nos guste o no, la política atraviesa nuestra vida cotidiana.
Por eso, decir “no me interesa la política” no te hace neutral, te hace parte silenciosa de una estructura que decide por ti. Y mientras más indiferencia haya, más fácil será que otros tomen las decisiones que nos afectan a todos.
Ésta columna no busca señalar, sino invitar; Invitar a tomar conciencia. Es normal sentir frustración, rabia o impotencia frente a las injusticias. Esas emociones son humanas y necesarias, porque nacen de la empatía y del deseo de vivir mejor. Pero lo importante es no detenerse allí. La indignación debe transformarse en acción, en algo que aporte a tu entorno, a tu barrio, a tu comunidad. Sí se puede ser líder, sí se puede exigir cambios, sí se puede participar sin exponerse.
Entiendo el miedo. La historia de Colombia nos ha enseñado que involucrarse puede ser peligroso. Pero los tiempos también cambian, y hoy existen muchas maneras de alzar la voz sin arriesgar la vida: desde el activismo digital, las denuncias anónimas en medios o las redes sociales, hasta las conversaciones informadas en espacios cotidianos. Participar no siempre implica marchar o militar; a veces basta con opinar, informarse o exigir rendición de cuentas.
Para cambiar algo, primero hay que entenderlo. No basta con indignarse por lo que se ve en las noticias; hay que mirar más allá, comprender las causas y preguntarse qué podemos hacer desde donde estamos. Esa mirada amplia es la que permite transformar la molestia en acción, y la apatía en esperanza.
La pandemia fue un recordatorio doloroso de que nadie está exento. Nos demostró que, aunque parezca lejano, lo que ocurre al otro lado del mundo puede afectarnos directamente. La crisis sanitaria, el alza en el costo de vida, el cambio climático o el aumento de la pobreza son temas globales, pero con consecuencias locales y personales. Pensar que “eso acá no pasa” o “a mí no me va a tocar” solo nos vuelve más vulnerables.
Por eso, más que “no meterse”, el reto es participar con conciencia. No se trata de defender un partido o de pelear por colores, sino de asumir que la política influye en nuestro presente y moldea nuestro futuro. Hablar, informarse, opinar, votar, proponer, exigir. Todo eso es hacer política desde lo cotidiano.
Lo que necesitamos como sociedad es recuperar el sentido de comunidad. Entender que lo que le pasa al otro también nos afecta a nosotros. Eso también habla del país que estamos construyendo entre todos. La política somos nosotros, en lo que permitimos, en lo que callamos y en lo que decidimos cambiar.