¿Quién es el ganador de la primera encuesta presidencial de 2026?.

Por: Melisa Gutierrez P.

Politóloga (Uninorte)

La respuesta corta es: nadie.
En la reciente encuesta Polimétrica publicada en noviembre de 2025, los resultados confirman una sensación generalizada entre los colombianos: la mayoría no se identifica con quienes aspiran a la presidencia. Las razones son diversas. Algunos rechazan sus ideales políticos o posturas ideológicas; otros, su pasado en la vida pública; y también están aquellos que, a pesar de haber ocupado cargos relevantes en distintos gobiernos, siguen siendo completos desconocidos para buena parte del electorado.
La pregunta de la encuestadora fue directa: “Si las elecciones a la Presidencia de la República en primera vuelta se realizaran mañana y los personajes que le voy a mencionar a continuación son los candidatos, ¿usted por quién votaría?” El resultado, sin embargo, fue todo menos alentador para la clase política. Ningún candidato superó el 15% de intención de voto, mientras que más del 30% de los encuestados respondió “No sabe, no responde”. Esa cifra, más que un dato frío, refleja un estado de ánimo colectivo: el desinterés, la confusión y la desconexión con la política.
Esa falta de definición también muestra que no existen ventajas políticas claras. Los egos siguen fraccionando a los liderazgos, los partidos no logran articular un discurso sólido y, en general, el país parece atrapado entre la frustración con el gobierno actual y la ausencia de una figura que encarne una verdadera alternativa. En otras palabras, el peso de la opinión pública gira más alrededor del rechazo o apoyo a Gustavo Petro que de una propuesta de futuro.
En medio de ese panorama incierto, tres nombres destacan ligeramente sobre el resto: Sergio Fajardo, Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella. Tres perfiles completamente distintos, que representan tres lecturas diferentes de lo que hoy significa hacer política en Colombia.
Sergio Fajardo, en su tercera aspiración presidencial, parece jugar una carta doble: por un lado, su nombre ya es familiar y conserva cierta recordación; por otro, carga con el desgaste de los años y con la percepción de haber sido “el eterno candidato”. Su imagen de “El Profe”, cercana, honesta y conciliadora, que lo impulsó en su primera campaña, ya no genera el mismo entusiasmo. Si bien ha intentado adaptarse a las dinámicas actuales, especialmente a través de redes sociales como TikTok, su presencia digital parece más un esfuerzo por mantenerse vigente que una estrategia orgánica. Fajardo sigue apelando a un electorado educado y urbano, pero ese nicho luce hoy mucho más reducido y menos movilizado.
En contraste, Iván Cepeda representa la continuidad del proyecto político del Pacto Histórico. Oficializado como candidato tras la consulta interna de octubre —donde obtuvo más de un millón de votos en elecciones realizadas fuera del calendario oficial—, Cepeda llega con una base importante, pero enfrenta un desafío complejo: la fatiga del discurso de continuidad. En un país donde la aprobación del gobierno de Gustavo Petro ha caído y crece el clamor por un cambio, insistir en la defensa del mismo proyecto puede resultar contraproducente. Cepeda tiene una trayectoria política y una coherencia ideológica innegables, pero su reto será ampliar su discurso más allá de la militancia petrista y conectar con un electorado que ya no vota por convicción, sino por cansancio o por miedo.
Y luego está Abelardo De la Espriella, el fenómeno que muchos subestiman, pero que nadie puede ignorar. Con una personalidad exuberante, polémica y teatral, ha logrado convertir su estilo chabacano en una marca política. No tiene una narrativa sólida, pero domina la comunicación emocional. Su discurso es una mezcla de provocación, humor y espectáculo, donde el argumento se sustituye por frases contundentes, sarcasmo y un claro enemigo común: el presidente Petro. Para muchos, su figura no tiene la credibilidad suficiente para ocupar la Presidencia, pero su popularidad creciente demuestra que en la política actual la forma puede pesar más que el fondo. De la Espriella canaliza frustraciones, resentimientos y deseos de revancha; y lo hace con un lenguaje que conecta con sectores que se sienten olvidados o burlados por el gobierno.
En ese sentido, su candidatura es también un síntoma: la política emocional ha desplazado a la política racional. Lo que antes era debate, hoy es espectáculo; lo que antes exigía propuestas, hoy se resume en eslóganes. El ciudadano, saturado de promesas incumplidas y corrupción, parece encontrar alivio más en la indignación compartida que en la reflexión colectiva.
Así, los resultados de esta primera encuesta no marcan ganadores, sino una profunda crisis de representación. Colombia entra a la contienda de 2026 sin un liderazgo claro, sin una narrativa de país y con una ciudadanía que desconfía tanto del poder como de su capacidad de transformarlo. Tal vez el verdadero ganador —por ahora— sea la apatía. Pero la historia enseña que ese vacío siempre termina llenándose, y la pregunta crucial será con qué tipo de liderazgo y a qué costo.
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